A SOLAS CON LA MUERTE
Aquella noche miró
hacia el pasado para encontrarse con su otro yo, aquella muchacha asustadiza y
tímida que no era capaz de decir una palabra más alta que la otra.
Se miró al espejo intentando analizar sus gestos, buscando qué era aquello que
la había hecho cambiar tanto como para convertirse en lo que ahora era. ¿Adónde
habían ido a parar aquellos sentimientos de culpabilidad de las primeras veces?
¿Qué había sido de su arrepentimiento, dónde estaban sus comeduras de cabeza,
aquel dolor intenso que había sentido su pecho, esa lucha de sus ojos
intentando evitar llorar?
Ya no quedaba nada de aquello.
Ella se había convertido en una implacable máquina de muerte.
Ya no había compasión en sus ojos a la hora de matar.
Ya acabó la venganza, porque ahora no se sentía pequeña e indefensa, porque
ahora ya tenía el control que había estado ansiando durante toda su vida.
Y, mirándose ante el espejo, sintió ganas de llorar, no por sus actos, si no al
ver en lo que se había convertido, ya que había pasado de ser una dulce
personilla, sincera, silenciosa, sufriente y simple, a aquello.
¿De qué le había servido? Si realmente era gratificante la venganza o si sólo
era una idea que había creado en su mente para convencerse de que llevaba la
razón era algo que ya no se sentía capaz de evaluar.
Y ahora estaba a solas. A solas con la muerte. Meditando sobre el sentido de
todo lo que había hecho. Pensando en cómo habría sido la vida de aquellas
personas si ella no se la hubiera arrebatado. Acordándose de las familias de
todas sus víctimas. Era extraño que se hubiera puesto a pensar en ello.
¿Qué estaba fallando en ella? ¿Por qué se creía malvada? ¿Por qué sentía
compasión? Toda su vida había consistido en una cruzada de venganza hacia el
pasado, hacia los malos tratos que sufrió, que la convirtieron en un ser
alienado, inútil, que se dejaba llevar. Y había disfrutado tanto siendo ella
quien llevaba las riendas...
Pero ahora el camino llegaba a su fin. Ya no sentía deseos de volver a matar.
La cuenta había sido saldada. La venganza había llegado a su término y se dio
cuenta de que su falsa personalidad, la de aquella imparable asesina, era tan
sólo una mala fachada que ella misma había creado. Y la fachada había cedido
ante la realidad.
Ya no había vuelta atrás. No podía permitirse el hecho de volver a ser como
antes. No volvería a llorar, ni a quejarse, ni a sufrir por ella ni por nadie.
Jamás podría aceptar a su verdadero yo. No sabría cómo convivir con él.
Sin más escapatoria abrió el bolso, sacó su pistola, se miró al espejo y,
apoyando el arma sobre su sien, disparó con una sonrisa en los labios. Había
ganado la batalla.
FIN
